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Maldiciones gitanas

Por: Lucas Tarotista... 

 

 Las maldiciones Gitanas, siempre suelen ser proferidas hacia personas, que en parte se las merecen, dado que si son echadas, es porque algo muy grave, le han hecho un clan o persona de esta cultura, no crean tampoco que los gitanos va por ahí maldiciendo a todos los que nos les socorren, los calós, son una parte de la sociedad, con una cultural ancestral, casi intacta, y ente ellas están las "maldiciones", que suelen ser echados en casos extremos, y por razones que han acarreado anteriormente una gran desgracia, para quién la echa.,


Oración contra las Maldiciones gitanas

 

Maldiciones alejes San Próspero

Bendiciones acerques San Genaro

aleja de mi, diablos, cuernos y rabos

Protégeme de brujería y hechizos paganos,

 San Ramón aleja de mi casa toda maldición,

y que así se cumpla con esta oración.

a todos los Santos pido perdón.

Si alguna vez eche maldición.

 

Amén

Maldiciones de cuna

Se trata de una de las maldiciones mas antiguas que ya relataban los juglares en la edad media, las maldiciones de cuna, son las proferidas contra un recién nacido, por motivo casi siempre de enemistades, o celos de otra mujer hacia la parturienta, por motivos diversos, como haberse casado con un antiguo novio suyo, el no poder tener hijos la "maldiciente", la belleza de la madre, es una maldición que no tiene mas precaución que tomar, que la de bautizar al niño antes de un mes, o lavarle con agua de manzanilla, o hierba buena, antes de la siguiente Luna Llena, desde el día en que haya nacido.

Fechas malditas.

La historia narra fechas malditas, para una determinada cultura, la gente le tiene cierto miedo a los Viernes 13. en realidad la fecha maldita data del año 1307, cuando soldados de Rey Felipe IV de Francia, y por orden de la Inquisición, irrumpieron en una reunión secreta de los Caballeros Templarios, que se celebraba en Paris, matándolos a cientos de ellos, por practicar ritos paganos, y orgías homosexuales. Después la fecha pasó a la tradición oral y fue extendiéndose por todos los Reinos Cristianos de Europa como una fecha maldita, el 13 se considera también un número maldito debido a que 13 eran los comensales de la Última Cena, y precisamente Judas Izkariote el discípulo que hacía ese número, terminando colgado de una higuera a las pocas horas, por esa misma causa la higuera de noche, se le considera un árbol maldito.

 La "moda" de la fecha 11 de cada mes, últimamente se ha puesto de moda todos los meses cuando llega el día 11, la gente se pone nerviosa esperando que ocurra una catástrofe, atentado u otra causa con consecuencias catastróficas con resultados de muchas victimas y muertos por medio.

-11 de septiembre de 2001: Atentados de Nueva York. dos aviones destruyen las Torres Gemelas y posterior otro se estrella contra el Pentágono  en Washington. otro avión mas se estrelló en Pensilvania. Muriendo en total 3.056 personas.
-11 de abril de 2002, Túnez: Atentado terrorista suicida contra una sinagoga en la isla de Yerba, Murieron 21 personas.
11 de marzo de 2004, España: Multiple atentado con bombas que explotaron en cuatro trenes. Murieron 191 personas y hubo más de 1.850 heridos.
11 de abril de 2006, Pakistán ciudad de Karachi:57 personas mueren en la explosión de varias bombas en una fiesta religiosa.
11 de julio de 2006, Atentado multiple esta vez en La India: 189 personas murieron y unas 900 llegaron heridas de gravedad a los hospitales en varios ataques perpetrados contra varios trenes, simultaneamente en la gran urbe de Bombay.
   

 Animales malditos

Muchas culturas y religiones tienen a varios animales como "malditos", en la religión cristiana, La mula precisamente, dado que cuenta la leyenda que la Virgen la "maldijo" ("que nunca puedas parir") debido a que se comía la paja del pesebre donde yacía el Niño Jesús, el cerdo para los judíos y musulmanes, en la cultura de occidente, el lobo, el cuervo, la rata negra (debido a la peste) el gato negro, (se asociaba a las brujas) la víbora, la culebra, las arañas.

 

La Maldición de las copas

Por Lucio Perdigón Diaz

  Cuenta la leyenda que en una boda, se reunían en el banquete todos los comensales, y un humilde sirviente gitano que servía las copas del ágape, tubo el "imperdonable" fallo de manchar el blanco velo de la desposada al servir el champán del brindis, el padre de la doncella y Señor de aquellos lugares, mandó  azotar al pobre muchacho, el cual imploraba el perdón, apelando justicia  justificándose por el hecho de que había sido durante años fiel y diligente en sus labores de servir a su amo, sin ninguna queja por parte este.

 Fue conducido el pobre gitanillo a los establos, a la espera de que terminará el baile, y fueran despedidos los comensales, con el honor que cada invitado requería, el Señor que no había olvidado la "mancha", bajó a las caballerizas, con una bandeja y cinco copas, que llevaba el mayordomo, conteniendo diversos líquidos, los establos estaban en silencio, el maldito lugar, era ahora un potro de tormento, un "cuarto de castigo", donde había reunido a todo el servicio del palacio, para que sirviera de ejemplo al resto, llegó el Señor y cogió un látigo de los utilizados para fustigar a los equinos, mostrándolo al sirviente que permanecía atado a una columna le dijo:.

-Ves este látigo, y esas cinco copas iguales a la que tu derramaste sobre el velo de mi hija.

-Si Amo las veo, - contestó el asustado mozo-

-Pues te azotaré cinco veces por copa que no te bebas al completo, o derrames algo de líquido de ellas.  25 latigazos en total si decides no beber de ellas.

-Beberé las copas señor, no me azote por piedad...-imploró el joven-

-Pues. una contiene vinagre, la otra salmuera, la otra aceite de ricino, está un purgante de caballos, y esta última orines míos. cuando las hayas bebido sales de este palacio y de este pueblo,  para no verte jamás, si volvieras del destierro, que te impongo, recibirás los 25 latigazos de mi sentencia.

Las bebió todas, casi sin rechistar, al tiempo que terminó cogió su sayo y salió del Palacio, pero no caminó mucho pasos, cuando volviéndose hacia el Señor le maldijo:

-Cuide bien esas cinco copas señor, porque mientras las bebía las maldije, como alguna de ellas sea lavada o se rompa, morirá un miembro de su familia, y si se rompe la de sus orines, el que morirá será usted y todos entre terribles sufrimientos y agonías. Maldito queda usted, su familia y este palacio.

Tres años después.

Una nochebuena, la cena estaba dispuesta, el Señor hacía unos años que estaba triste, nervioso  y muy huraño, muy supersticioso, había dado ordenes expresas de guardar bajo llave, las cinco copas sin lavar ninguna, escogió un lugar donde él las pudiera ver bien, una vitrina acristalada, enfrente de su lugar en la gran mesa del comedor, donde todas las noches, cenaba en compañía de su esposa, hija, yerno y el nieto y heredero único,  un niño de dos años que su hija había traído al mundo al año y pico de la boda, el bebé era el juguete de la casa, daba ya sus primeros pasos corriendo por los largos pasillos, subía y bajaba las escalinatas siempre corriendo y jugando, todo la gran mansión era paz y felicidad, llena con la risa infantil del primogénito y futuro heredero.

Pero el Señor no era feliz, todas las mañanas bajaba de sus aposentos a toda prisa, y hecho un manojo de nervios, para aliviado comprobar que las copas, seguían allí intactas, mientras aquellas malditas copas estuvieran bien, toda la casa seguiría con su vida como si nada hubiera pasado.

 La cena de nochebuena casi estaba acabando, su hija comenzó a cantar un villancico, y en los tejados caía una gran tormenta, el agua chorreaba por los ventanales, y a lo lejos retumbaban los truenos, mientra la luz de los relámpagos cada día eran mas cercanos, de repente, todos se asustaron se hizo el silencio, y el miedo se hizo dueño de la gran estancia, cuando todo se iluminó con la luz de un rayo, seguido de un atronador trueno, que indicaba que había caído en el mismo tejado del palacio, el viento  se hizo mas fuerte y arremolinado, sacudía, lámparas y hacia "gemir" lo ventanales, el señor mandó cerrarlos y asegurar sus contraventanas, al tiempo que miraba de reojo hacia las malditas copas, temiendo por su integridad, ordenó:

-Bajad al sótano esa vitrina, no quiero que se rompa nada, pero las copas las llevó yo, no quiero que nadie mas las toque.

La procesión con el señor el último llevando las copas, comenzó a bajar las escaleras, al pasar por el pasillo que baja directamente al sótano, una racha de viento, abre una ventana y apaga el pesado y gran candelabro que portaba un sirviente, el señor se paró en seco y aferró las copas contra su pecho, no quería que nadie tropezará con él y rompiera alguna, las tenia cogidas por la base, y cuanto mas las apretaba, notaba como el sudor de sus manos, mojaba el cristal y  las hacía mas resbaladizas, el pánico se apoderó de él, y comenzaron a temblarle las piernas, notó el sudor cada vez mas frío, y como a cámara lenta, algo se deslizaba de sus manos, cayendo al suelo, y esparciendo miles de pequeños trozos de fino cristal,  un desfallecimiento repentino le sobrevino, se sintió caer y se sentó en el suelo, llorando y abrazando las cuatro copas que quedaban, el sirviente hizo lo que pudo y volvió la luz, al tiempo que desde el gran comedor un grito desgarrador de su hija, le hacia comprender, que la primera copa había dejado una "victima" mortal en la estancia donde su yerno había quedado al cuidado de su esposa,  hija y nieto.

¡¡El niño se ha caído!!.

Ahora eran mas voces, y pasos corriendo escalera abajo, era su padre que había subido a los aposentos a buscar sábanas para tapar el agua que entraba por debajo de las puertas y lo ventanales, el niño yacía muerto con la nuca partida, porque había seguido a su padre a oscuras y resbaló desde los mas alto parar ir rondando a pararse a los pies de su madre, que le vigilaba desde abajo.

El Señor de las copas, ahora yacía inmóvil, incrédulo y recordando la "maldición de las copas" que su sirviente le había echado la noche de su "humillación" pública y posterior destierro.

El sótano era ahora el lugar de retiro de las copas, metidas en una caja de madera con una única llave, "dormían" en un lecho de paja, sobre una estantería y cubiertas, a modo de "parachoques", por un montón de mantas que se utilizaban en las carrozas, cuando salían  a pasear o efectuaban un largo viaje, cosa que desde la muerte del pequeño ya no se había vuelto a suceder.

 La lúgubre atmósfera y el silencio del gran palacio se había apoderado de él, dándole un aire mas a convento que a mansión, el viejo castillo ya no era el mismo, ahora todo era luto y silencio, nadie apenas hablaba con nadie, salvo los saludos de rigor, el  negro era el color de los vestidos de las dos mujeres, todos reunidos se daban ánimos y rezaban juntos por el alma del pequeño, El señor se excusó y despidiéndose de todos subió hacia su dormitorio buscando el sueño reparador, o al menos para estar solo con su abatimiento, al tiempo que a escondidas se tomaba una copa de coñac, aguardiente que últimamente le acompañaba antes de irse a dormir..

-Señor debe bajar a los establos su yegua está pariendo...- el mozo de cuadras, había subido a avisar al yerno, que su yegua preferida estaba a punto de traer al mundo un corcel de pura sangre, fruto de su cruce con el semental de un amigo suyo.

-Ve al sótano trae mantas ¡¡corre!!, no quiero perder a ninguno de los dos, tanto la yegua como el potro son muy valiosos.

-Pero el señor me tiene prohibido bajar solo al sótano. -replico el sirviente-

¡¡Haz lo que digo de una vez!!...que va a pasar en el sótano, allí no hay sino trastos viejos, y las mantas. Te espero en los establos...¡¡ve raudo!! ordenó el yerno, los sirvientes ante la dejadez de gobierno por parte del dueño y señor  del palacio, obedecían ciegamente al joven, sin rechistar, porque notaban claramente como este estaba tomando las riendas del buen gobierno, con la finalidad de evitar la ruina económica de todo el Señorío que basaba su economía en los viñedos del entorno propiedad de su depresivo y paranoico suegro.

El sirviente bajó las escaleras todo lo rápido que pudo, no quería hacer esperar a su amo, ya que la yegua y el potrillo necesitaban aún de horas para nacer, y había que echar la noche en vela, abrigados con las mantas, dado el intenso frío que hacía aquella noche de invierno, donde la helada de la madrugada, dejaba todas las cuadras cubiertas de un fina escarcha, vio las mantas y aunque calculó que estaban algo altas, tirando de la mas cercana, caerían todas encima de él, sin necesidad de subirse a ninguna escalera. tiró de la punta de la manta y con el montón de lana de sus compañeras cayó una pequeña caja de madera, con tal infortunio que al chocar contra el empedrado suelo, se abrió la paja  y los trozos de cristales dejaban ver que quedaban intactas tres copas,  una se había hecho añicos. en el fatal "aterrizaje".

¡¡Bah!!, unas viejas copas aquí olvidadas nadie va a dar importancia que se haya roto una -pensó el humilde cuidador de caballos. Al mismo tiempo el yerno había llegado junto a la yegua, la cual daba signos de tener el potrillo "atravesado" y que su parto resultaría fatal para ella de todas las maneras, en un último y desesperado intento de ayudar a nacer a la cría, se situó detrás de la yegua, al tiempo que esta retorcida de dolor, alzó con un coz, que fue a impactar en toda la frente del "nuevo amo" del palacio.

¡¡Señor señor!! despierte el señorito ha tenido un accidente en los establos., apurando el coñac, los toques en su puerta le sobresaltaron de tal manera, que corrió hacia la puerta y al abrirla vio al mayordomo desencajado. pero su mente no estaba para interesarse por la salud y estado en el que había quedado su yerno.

-¿Y las copas del sótano? -preguntó intrigado, confundido y temeroso-

-Se ha roto una señor, solo quedan tres. -entonces comprendió el "estado" de salud de su desgraciado yerno.

- ¿El Señor está muerto verdad?  -no hacía falta que se lo confirmarán, él estaba seguro que solo quedaban "tres" copas, tres malditas copas, que tenían la misión de arrastrar con su "cristalina muerte" a una persona a la tumba.

 -Si señor, la yegua le ha coceado hundiéndole el cráneo.

Antes del entierro de su yerno, mandó a su mayordomo que fuera a buscar a una anciana curandera del pueblo cercano la cual tenía cierta fama de "bruja", pero que había ayudado a su madre y a su abuela hacía años, cuando se presentó una epidemia de fiebres en toda la comarca.

-Deben lavarse con agua bendita, esas copas están malditas, y se ha invocado al Diablo al beber de ellas,  -sentenció la anciana bruja-

-Eso no puede ser, él maldijo las copas, y dispuso que no se podían limpiar ni romper, si eso pasa las copas se llevan una vida por delante, y cada una tiene un nombre, ve esa es la mía la tengo marcada.

-Pues entonces para que no hagan efectos las maldiciones, debe ser "enterradas" cerca de un árbol de "muertos". - al ciprés se le conocía así en alguno lugares, hace siglos-.

Pues las copas también  recibieron "sepultura",  igual que el yerno muerto de una coz, la misma madrugada del accidente de las cuadras, el señor dispuso que las tres copas, se metieran en una cofre reforzado de herrajes, al cual le puso un candado, cerro y guardó personalmente la llave colgándola a su cuello. El alto y espigado ciprés del lado derecho del Palacio daba sombra a la "tumba", le había colocado una loza de piedra encima, y dado ordenes que nadie se acercara por allí bajo ningún pretexto.

Algo mas aliviado y repuesto dado que con las copas bajo tierra, el señor pareció revivir, su paranoia de la "maldición de las copas", parecía neutralizada. Pero volvió el viento huracanado, un mes después, aquel invierno traía muchos temporales del norte, y aquella noche el vendaval soplaba fuerte.

Fiel a su costumbre, desde la muerte de su nieto, todas las noches después de cenar, se excusaba y subía a saborear su apreciado y añejo coñac, esa noche ya no había nervios las copas estaban un metro bajo tierra y  una loza de cien kilos protegía el cofre, que le servia  de ataúd, a pesar del huracán podía incluso dormir tranquilo, no corría ningún peligro ni él ni las dos "supervivientes" de la "maldición de las copas".

 Madre e hija, estaban tristes, las dos desgracias acaecidas en el margen de un mes, las había destrozado anímicamente, ahora era el padre y marido, el que tiraba del carro de sacar adelante la mansión, los viñedos y la economía familiar que volvía a renacer.

-Madre venga a ver como el viento cimbrea el ciprés, parece que lo va a arrancar de cuajo. 

Pidió la joven viuda, a su madre que se acercara al ventanal con un gesto de extendiendo su mano,  por la gran cristalera, se apreciaba como el viento arremolinaba la zona donde el árbol,  estaba  casi a diez metros de la fachada, la luz del ventanal hacía que las ramas parecieran brazos de un monstruo intentando atraparlas. El ciprés se inclinaba demasiado debido a su altura,  y a que por el efecto de la incesante lluvia, el suelo que sujetaban sus raíces, presentaba un aspecto mas bien pantanoso, y el coloso sentía como sus pies (raíces) amenazaban con ceder ante el cada vez mas blando terreno donde se erguía.

Un ruido sordo las paralizó al tiempo que contemplaban como el ciprés caía derribado por la fuerza del huracán  y ayudado por la poca sostenibilidad de un terreno casi embarrado y casi líquido. el cofre "saltó" de su tumba, una de las raíces hizo de palanca  y  lo hizo saltar   mas de dos metros de donde estaba su tumba. al tiempo que caía el ciprés las dos mujeres comprendieron el peligro, dado que parecía venir contra la cristalera, pareció una explosión de cristales volando por los aires, ayudadas y esparcidas las astillas de vidrio por el huracán que ahora era dueño y señor del "interior" del palacio.

El estruendo le hizo soltar la copa de coñac con la que se entretenía dándole vueltas al oscuro y y dorado líquido, al tiempo que de vez en cuando lo olfateaba.

-¿Qué ha sido eso?

Se preguntó a si mismo mentalmente, pero su mente volvió a llevarle a las "copas"., el ruido de los cristales del ventanal roto, y el estado de las dos mujeres, ni siquiera pasaron por su mente, durante unos segundos, su conciencia solo tenía una preocupación, "las copas" del ciprés. Bajó corriendo las escalinatas tapándose la cara con el antebrazo, el viento había entrado en su casa y lo llenaba todo de escombros, los sirvientes se cobijaban debajo de mesas o se tapaban con los manteles y cortinas, volvió al pasillo superior donde cogió una gruesa cortina y se dispuso a bajar, cubriéndose la cara, el viento era tan fuerte que apenas podía avanzar escaleras abajo, sorteando cristales, muebles,  y toda clase de objetos que una vez formaron el mobiliario de su Palacio.

-¿Dónde están las señorasss?..

Gritó dando vueltas buscando ayuda, al tiempo que las llamaba por su nombre de pila,

-¡¡Una desgracia mas señorrr!!...las señoras han muerto, las hemos llevado a las cocinas, donde aún resiste la puerta, ¡¡venga por aquí señor!!

 Al tiempo que apartaba escombros ambos hombres llegaron a la cocina, donde sobre una mesa, yacían en un inmenso charco de sangre su esposa e hija. su mayordomo,  llorando le contó como los cristales rotos habían herido de muerte a su mujer e hijas, que murieron desangradas, tal eran la multitud de cortes que presentaban por todo sus cuerpos.

Las infinitas horas  de una terrible noche de viento y lluvia dio paso a un alba sereno y de luces teñidas de dorados y anarajados reflejos,  casi toda la noche duró el terrible vendaval,  el señor permanecía en silencio, aún estaba en estado de shock, pero la pena de la muerte de su mujer e hija, no era todo lo que en su mente le atormentaba, él maquinaba y le rondaba una sola idea, un duda,  una pregunta girando en la noria de sus pensamientos, venia una y otra vez como infinitas olas a la playa de su inteligencia, una obsesión  que  amenazaba con hacer estallar su cerebro en mil pedazos.

-¿Qué habrá sido de las copas?

Meditaba, mascullaba, y se preguntaba en el silencio  frente al hogar de la cocina donde formaban un corro todos se calentaban, al tiempo que los cadáveres eran amortajados en otras estancias que habían sobrevivido al paso de la desatada furia del vendaval.

¡¡Ya Vamos al jardín!!...quiero ver el ciprés.

Con paso decidido recorriendo el escenario fantasmagórico, mas propio de una batalla, a cañonazos, donde nada había quedado intacto, hasta las telas y el papel que decoraban las paredes lucían arrancados de cuajo, las habitaciones mas parecían a un conejo desollado, la sangre de las dos mujeres regaban  las baldosas del suelo, como en un encarnado río de vida derramada.

Allí estaba el cofre medio hundido  y con la madera quebrada, por las rendijas comprobó como había dos copas rotas. quitó el cordel del cuello, con suavidad, y abrió el candado, envuelta en una tela de raso color púrpura, allí estaba la copa que era suya, la copa de los orines, lucía intacta, apartó la tela, con suavidad y cariño, toco el frío cristal y lo hizo tintinear. con un suave y seco golpe con la uña del dedo, a modo de niño jugador de canicas.

-¡¡Vamos a la bodega!!. voy a "lavar" de una vez por todas la copa, y que sea lo  que Dios quiera.

Él y su fiel mayordomo Camilo caminaron hacia bodega, situada en la parte trasera de la Mansión una parte del tejado había volado.

-¿Cual es el mejor vino de todos?

-El de esa barrica señor, es de la cosecha de hace 5 años,

Camilo señalo hacia una mediana barrica, que apartada del resto tenia la fecha de la cosecha escrita en números romanos, los cuales habían sido subrayados, a modo de señalar la calidad del vino durmiente. Bebió durante horas, pidió a Camilo que le dejara solo, y que fuera a disponer todo para el funeral y sepelio de las difuntas. pero Camilo sabía que no podía ni debía dejarlo solo en aquel estado.

-Vamos señor no beba mas, déjeme ayudarle a subirle a sus aposentos para que descanse.

Le rodeo el brazo por la espalda y a modo de herido de batalla, intentó quitarle la copa de su mano.

-No la copa no la volveré a soltar nunca mas en mi vida,

Dijo con si vocalizar debido a su borrachera,

-Y no quiero que me ayudes se subir solo las escaleras.

Se soltó de su fiel Camilo, el cual preocupado le siguió con la mirada, mientras el permanecía cuatro escalones mas abajo, dando tumbos y en zig zag, subió  los primeros cinco escalones de la escalera de la bodega, cuando en una bandazo intentó aferrarse a la barandilla y resbalando rodó escaleras abajo para caer lleno de sangre a los pies de Camilo.

El sirviente intentó levantarlo, cuando vio como en  su garganta había penetrado el cristal afilado de la copa, seccionándole la carótida, antes del último estertor, y en impulsivas convulsiones, solo atinó a decir...

-Por fin acabó la maldición de las copas, ya están todas rotas.

FIN.

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